Hay una cosa que he visto en común con el perfil de mujeres con el que yo me identifico y, como no me gusta andar con rodeos, te lo diré de frente: las mujeres que resolvemos somos unas regaladas.
No lo digo como un insulto. Lo digo como una confesión incómoda de la que yo misma soy parte.
A mí mis papás me criaron con una política de vida sumamente clara y rígida: "La Carta a García". Si no sabes qué es, ve a Google y búscalo de inmediato, pero te lo resumo: es la filosofía de hacer que las cosas pasen, de solucionar sin quejarte, de inventarte la forma que sea con tal de no admitir que "no sabes cómo".
Para el sistema del capital, ser una persona que resuelve es una bendición. Eres útil, eres productiva, eres el engranaje perfecto.
Pero para el sistema de los afectos... ser una mujer que resuelve es una tragedia silenciosa.
Tu pareja no es un cliente, es un espejo
Piensa en cómo operamos las mujeres independientes.
Si a mí un hombre me dice: "No sé si quiero esto o aquello", entonces yo llego con ambas cosas.
- Problema: Él no sabe elegir.
- Solución: Le doy ambas cosas.
No pregunté más. No indagué. No me quejé. No me quedé en silencio esperando a que él tomara el control de sus propias decisiones. Yo resolví. Lo hice rápido, limpio y eficiente.
Pero resulta que los afectos no se gestionan como una planilla de Excel. Tu pareja no es un cliente insatisfecho al que debes retener con un servicio de atención de cinco estrellas. La persona con la que quieres vincularte no es un proyecto trimestral que tienes que "entregar a tiempo".
Cuando haces todo el trabajo sucio del cortejo, en realidad no estás resolviendo nada. Estás destruyendo la tensión del deseo.
El deseo pica (Y hay que dejar que pique)
La hiper-independencia tiene una trampa muy dulce: te permite acceder al vínculo mucho más rápido y sin la incomodidad de esperar. Pero esa rapidez tiene un precio altísimo: sin tensión, las cosas se ablandan.
El deseo, por su propia naturaleza, pica. Es incómodo, es brutal, es desesperante. Y precisamente porque es incómodo, su resolución es tan placentera. Rascarse la picadura de un mosquito genera un alivio delicioso, pero para poder rascarte, primero tienes que sostener la picazón.
- Si tú resuelves la cita,
- si tú decides la hora,
- si tú compras las entradas,
- si tú te ofreces a llegar sola y a irte sola sin que él mueva un solo dedo...
Estás eliminando la distancia. Estás quitándole a él la oportunidad de habitar el deseo de ti, de esforzarse por ti, de sentir el vértigo de si vas a decir que sí o que no. Estás matando el erotismo antes de que empiece a respirar.
Sostener la incomodidad del vacío es el único camino para que lo erótico ocurra. De lo contrario, no estás teniendo un encuentro erótico; estás ejecutando una coreografía predecible donde tú eres la directora, la coreógrafa y la única espectadora interesada.
¿Quieres aprender a jugar con la tensión en lugar de matarla?
Dejar de resolver no significa volverse débil o sumisa. Significa tener el coraje de dejar que el otro actúe y aprenda a formular las preguntas correctas.
Si quieres dejar de resolverle la vida a la gente y empezar a jugar con los malabares de la tensión y la provocación aquí te dejo algo con lo que puedes hacerlo:
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